Máximo seis meses le daban a mi padre para morir, ninguna
oscura quimioterapia ni ningún tipo de medicamento le curó ese cáncer.
Poco a poco se quedaba sin su larga melena castaña hasta que
no le quedó ni un solo ápice de cabello encima de sus ojos, en un mes el no se
rendía, se sentía mal pero no se rendía decía que con 48 años un hombre no
tiene por qué morir pero si fallecía, quería estar con nosotros, con su
familia, esa familia que siempre había estado con él, apoyándolo, tirando para
delante.
Dos meses, la espera se hacía eterna pero los meses pasaban
volando, él no sabía que decir, todavía le quedaba optimismo dentro del cuerpo
pero poco a poco creía que moría.
Tres meses, le cambiaba el humor fácilmente, a mi madre
había llegado a decirle estúpida, le cogí a solas y tuvimos unas palabras.
“-Vale que estés enfermo, pero trata bien a tu familia que
para algo es tu familia y son las tres personas que siempre han estado hay
contigo
-Yo… no lo puedo controlar
-Solo te pido un poco de paciencia, si tu lo pasas mal
imagínate nosotros que te vemos sufrir
-Ya pero…
-Solo te digo que si tienes algo que decir que te lo
ahorres, mamá ha llegado a llorar por ti”
Al cuarto mes fue cuando controlaba más los cambios de humor
pero ese mes marcó la vida de mi familia. Se estaba despidiendo de sus padres,
de todos, no le quedaba ni pizca de esperanza, según él iba a morir, según él
no merecíamos eso, él decía que le llevásemos al hospital a morir allí.
Sexto mes, si aguantaba este mes seríamos los más
afortunados del mundo, iba sujetándose por las esquinas para no precipitarse al
suelo pero, increíblemente la cosa iba mejor ahora andaba sólo, sin ayuda y le
llevamos al médico porque esto no era normal, se había recuperado, tras todas
esas horas de agonía diciendo que iba a morir le dijeron que se había
recuperado, su cara fue épica, la doctora no tuvo que decirlo siquiera para que
mi padre se le saltasen las lágrimas, le bastó que sonriese.
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